Cafayate: enoturismo de lujo en el norte argentino

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(Argentina) Despertar entre viñedos es, posiblemente, el mayor lujo del turismo enológico. ¿O quizás disfrutar del atardecer -copa en mano- en la terraza de la habitación mientras el sol se hunde entre las viñas? Sea como fuere, existen lugares marcados en rojo para los amantes del enoturismo, que en Argentina nos conducen a Mendoza, San Juan, Neuquen, rio Negro y Salta. Dentro de esta última brilla con luz propia Cafayate.
Al extremo sur de los valles Calchaquíes nos espera Cafayate, el segundo productor de vinos de toda Argentina
Solo la ruta que nos acerca a estas tierras arenosas, por encima de los 1.500 m sobre el nivel del mar, ya merecería la pena la visita. Desde la encantadora y colonial Salta, y siguiendo la ruta 68, nos perdemos en un viaje panorámico a través de la imponente Quebrada de las Conchas con paradas memorables como la Garganta del Diablo o el Anfiteatro, donde el agua ha horadado las rocas durante miles de años dando lugar a formaciones increíbles y cuya acústica congrega casi a diario a músicos callejeros que tocan la flauta o la guitarra.

Cafayate
Al extremo sur de los valles Calchaquíes y después de recorrer poco más de 180 km -que nos lleva unas cuatro horas en coche- nos espera Cafayate, el segundo centro de producción vinícola de toda Argentina.
El vino por excelencia en Cafayate es el blanco torrontés, aunque también se elaboran buenos tintos malbec, tannat y cabernet sauvignon
Por si no lo habíamos oído nunca es recomendable recordar este nombre: torrontés, un vino blanco, seco y tan aromático que dan ganas de usarlo como perfume. Sin embargo, no es única delicia que probaremos en nuestra copa ya que en la zona se producen también buenos tincos malbec, cabernet sauvignon y tannat.
Nos refugiamos en el resort Viñas de Cafayate, a unos 3 km de la plaza principal del pueblo y de estilo colonial, que emerge de un viñedo y cuenta con vistas al cerro San Isidro.

Viñas de Cafayate Wine Resort.
Construido en torno a un patio interno del que se accede a las habitaciones hechas en adobe y caña, sencillas y extremadamente confortables, cuenta con un más que recomendable restaurante que se surte con productos de su huerto orgánico, además de buenas carnes argentinas.
El pueblo del vino
Ya en el pueblo, al que podemos llegar tranquilamente gracias a las bicicletas de préstamo del hotel, nos dirigimos a la plaza, salpicada de cafeterías y restaurantes, como El Rancho, donde sirven buenas empanadas, pasta fresca y locro -guiso local de diferentes cortes de carne con quinoa, judías y caldo, y ligeramente picante- y el recomendadísimo Miranda inventor, según la mitología local, del helado de vino. También tiendas de artesanía que venden cerámica, textiles y pequeñas joyas.

Hay que dar una vuelta por el Museo de la Vid y el Vino, que recoge la historia, procesos de elaboración y cultura en torno al vino de la ciudad desde la introducción de esta bebida por parte de los jesuitas en el siglo XVI. Con instrumentos antiguos pero también vídeos y holografías, permite acercarse a las características geológicas, climáticas y tradicionales que han tenido como resultado los vinos actuales.
El vino de hoy
Ya metidos en el mundo del vino, el recorrido debe incluir la Bodega Nanni, un establecimiento tradicional de baja producción y centrado en la elaboración de vinos ecológicos que también envejecen en barricas de roble.
El Chato’s Wine Bar es uno de los pocos bares de vinos propiamente dichos de Cafayate. Su amable propietario juega al golf y charla animadamente en inglés con unos turistas “que llevan seis meses de vacaciones” en el pueblo y nos prepara una degustación de vinos rosados y tintos acompañados de una ‘picada’ con diferentes picoteos.

Saliendo de Cafayate hacia el sur paramos en Bodegas Etchart, una bodega centenaria que cuenta sus viñas viejas, con altitudes que oscilan entre los 1.700 y los 3.000 m de altura, entre sus mayores tesoros.
La amplitud térmica (altas temperaturas durante el día y muy inferiores durante la noche) y la cantidad de días de sol hacen el resto para lograr, nos cuentan, vinos frescos y fluidos, intensos en aromas, color y personalidad, tintos y blancos expresivos y muy diferentes a los que encontramos en otras zonas del país.

Un paseo por las nubes
Seguimos hacia la Finca las Nubes para visitar otra bodega de pequeña producción ecológica y degustar algunos de sus vinos jóvenes, como un más que correcto malbec.
A la vuelta por el mismo camino que lleva al Río Colorado nos detenemos ante un cartel que señala ‘Pinturas rupestres’, lo gestiona una comunidad indígena quechua lo muestra por un donativo. Entre rocas y cactus centinela, nuestro guía nos señala plantas y sus usos medicinales, pero también las costumbres y tradiciones del lugar.
Las pinturas, de épica diaguita, previas a la invasión inca en la zona, no son los únicos restos, sino que también se hallaron vasijas y cazoletas en rocas con más de 2.500 años de antigüedad.

De vuelta al pueblo encontramos la Bodega Vasija Secreta, la más antigua del valle según afirman, donde una misma familia elabora vino desde el año 1.800, vinos como su torrontés La gata Flora, que ni es seco ni es dulce y, como la gata Flora, no está conforme con nada.
Las empanadas que sí
Por supuesto, no hay que salir de Cafayate sin pasar por La casa de las empanadas, un local austero, sin nada más que un par de estancias con bancos y mesas sencillas y paredes llenas de comentarios de clientes satisfechos pero que sirve unas de las mejores empanadas al horno que hemos probado hasta la fecha. Consejo: pide un plato con 12 empanadas acompañado de una jarra de vino torrontés.
Si eres aficionado a la cerveza también debes probar una artesana que se hace en la localidad, Me echó la burra, rubia y roja.

Bodegas de autor y con vistas
El empresario y coleccionista de arte nacido en Suiza, Donald Hess, produce vinos en Napa, Australia y Sudáfrica. En Argentina escogió precisamente Cafayate para su primera incursión, que se traduce en la bodega Amalaya que elabora malbec y torrontés.
Con hotel propio, bodega El Esteco impone con su estilo señorial y portón de entrada. Creada en 1892, pasó por diferentes manos hasta integrarse en un grupo suizo que la profesionalizó y la orientó a la elaboración de grandes vinos.
Algo más alejada (pero accesible en nuestra bicicleta) llegamos a la Bodega Domingo Molina, en una finca magníficamente ubicada con vistas a sus viñedos y recortada sobre los montes.

La altura, el sol y la amplitud térmica son responsables de los especiales vinos de Cafayate. Foto: Bodega Domingo Molina.
Un recorrido por la bodega y una explicación de sus vinos -exclusivamente de alta gama- da lugar a uno de los momentos más placenteros del día: en el jardín, con queso de cabra y frutos secos, catamos los vinos torrontés, malbec joven, malbec con barrica y tannat, indiscutiblemente algunos de los mejores que hemos probado en todo este recorrido.

fuente: cerodosbe

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